jueves, 30 de julio de 2009

ORQUESTA PENITENCIARIA


La música puede ser un vehículo de reinserción social
La orquesta penitenciaria celebró su segundo año en el Teresa Carreño


En el Teresa Carreño actuaron unos ciento cincuenta músicos (ABN)

Exraño concierto: había más fusiles que instrumentos y más guardias que músicos.
La orquesta penitenciaria, formada en su totalidad por presos, se ponía a tono para celebrar su segundo año en la sala más importante del país: la Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño. Experiencia única en el mundo, el proyecto de la Orquesta Sinfónica Penitenciaria intenta reinsertar a los internos venezolanos a través de la música.
Los 1.086 reclusos que han formado parte de este grupo así lo indican.
"Mantengo la mente ocupada en algo que me gusta desde niño: tocar la bandolina", dice Pedro Efraín Roa al tiempo que muestra los callos en las puntas de sus dedos: "Es que practico ocho horas diarias ¿sabe?". Roa, quien cumple condena en el Cenro Penitenciario de Occidente en Santa Ana (Táchira), asegura que lo peor que se le puede hacer a un presidiario es dejarlo que se hunda en el ocio.
El proyecto de la Orquesta Penitenciaria resume lo que ha sido la trayectoria vital de Lenín Mora, uno de sus principales impulsores. Por un lado, Mora es músico de la Orquesta Simón Bolívar (toca corno francés) y por el otro es abogado con un máster en Criminalística. Para completar el panorama, su padre (hoy jubilado) siempre estuvo vinculado al sistema penitenciario: "Siempre quise hacer algo por la población carcelaria.
Es una realidad muy dura que conozco bien, y qué mejor que ofrecerles la música como una manera de redención".
Unirse a esta orquesta no sólo ofrece a los reclusos una ocupación útil, una manera grata de pasar sus horas y al mismo tiempo superarse en una disciplina tan exigente como la música, sino que además les da la oportunidad de viajar, de salir del penal: realizan dos eventos a escala nacional al año y dos a escala regional.
Y no menos importante: por cada 24 horas de estudio (pueden estudiar hasta ocho horas diarias) reciben una rebaja de un día en la condena, además de algunas becas económicas y kits de limpieza.
A Euder Suárez, quien tiene cuatro años y medio esperando sentencia en el Centro Penitenciario La Mínima (Carabobo), el hecho de pertenecer a esta orquesta le ha hecho mirar la vida con menos pesimismo: "Yo estaba tirado al abandono, nada parecía tener sentido pues he sido víctima del retardo procesal y de 57 diferimientos, y jam´as había pensado que la música podía ser el camino, pues jamás había tocado ningún instrumento".
Desde hace ya un año, Suárez está aprendiendo a tocar guitarra y cuatro, y en el concierto del martes en el Teresa Carreño formó parte del coro.
El director de ese coro y profesor en el penal Santa Ana, Leonardo Montúfar, dice que trabajar como profesor de música de los internos es algo que le ha cambiado la vida: "No es sólo una profesión, sientes que estás haciendo una labor social, que estás ayudando en algo en un mundo lleno de problemas".
Cuenta que en la cárcel intentan trabajar sobre todo con el sector más desfavorecido: allí donde están los indigentes, los que no tienen familia, los más pobres. Y reconoce que al principio es difícil, pues se trata de romper paradigmas y de inculcar a través de la música algo que ha estado ausente en sus vidas: disciplina.
Trabajar allí le ha dado a él mismo la mejor lección: que en la vida se pueden lograr muchas más cosas de las que uno quiere si se tiene constancia. Por eso no lo duda: "Yo he aprendido más de ellos que ellos de mí".

Javier BrassescoEL UNIVERSAL

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